Poder cerrar puertas para abrir otras … sin miedo (Parte 3)

Hola

Esta mañana me desperté bastante conmovido después de la película que vi ayer, justo antes de dormir. Se titula “Tierra” (“Land”) de Robin Wright. 

 

¿La has visto?


¡Qué belleza! ¡Qué íntima y humana! Me conectó muchísimo con esa sensación de necesidad de sanación a través de la búsqueda interior. La búsqueda de la soledad más profunda que nos aterra y que a nuestro cerebro le parece la muerte. 

 

Lo que más me fascina de película es que la soledad sana en parte tus heridas, siempre, aunque sea de una forma no intrusiva, hay más personas que necesitamos a nuestro alrededor para hacer esa sanación no solo posible sino que además que nos conecte de nuevo con la VIDA.



La madre que me parió, lo spoiler que soy … perdón.  Bueno, así desperté. Recordando imágenes y emociones de la peli.


Claro que cuando me preparé el café para subir a ver amanecer, como todos los días, encendí mi instagram y llegaron dos millones de post sobre el día de San Valentín. 

 

Sí. Hoy es el día del amor. Nivel de sensibilidad alta.

Ya que os he contado mi salida de Mérida y mi llegada a Ciudad de México… déjame que te cuente lo que creo es el capítulo final.

 

No me imaginaba que me iba a afectar tanto ver a mi amigo del alma, João, mostrándome a mí y a la dueña del piso (muy maja por cierto) como pasaba la llave por debajo de la puerta para indicarnos que ya estaba todo. Puerta cerrada y nuestras cosas fuera. Listo. Chimpún. Arrivederci.


Al ver el vídeo (la imagen de arriba fue tomada de ese vídeo) y hacer una pausa pude sentir como se hacía una heridita en mi corazón. Durante once meses había vivido ahí. Ese gesto de cerrar con llave y pasarla por debajo de la puerta fue la imagen de mi cierre de muchas cosas (ver foto del momentazo).


En ese lugar, me encerré. Mi madre que me vino a visitar unos días me dijo: “hijo pero si pareces un monje en esta casa. Solo meditas, lees, das clase, vuelves a leer, meditar…”; viví la soledad. Solo alguna visita y el amor interrumpieron mi soledad.


Como ya te he contado en las newsletter anteriores, esta experiencia fue muy enriquecedora. Dura pero sanadora. Sobre todo necesitaba una cura de silencio. También, creo que en esa observación y calma que me acompañaba pude abrir mi corazón de nuevo al amor.


Ver como João cerraba la puerta y con ello mi vida allí, fue un momento que me permitía dar por zanjada la experiencia al 100%. Ya no había pendientes. Ya no había cosas por cerrar. Ahora sí, la imagen significaba en mi mente: “eleven velas, suban el ancla, suelten amarres que nos vamos”.


Yo explico en mis formaciones, lo importante que es el poder de la palabra pero también las imágenes (sobre todo, si como yo, eres muy visual).

Siento nostalgia de lo vivido. Detrás de esa puerta que ahora está cerrada, quedan mil horas conmigo mismo y mi relación con ese amor yucateco con sus visitas al salir de trabajar en la noche para dormir juntos; la primera y única persona que veía en todo el día.


Como os cuento siempre en mis historias de instagram matutinas, necesitamos acoger la emoción. Yo me senté esta mañana a acogerla, a abrazar esa nostalgia que me trae recuerdos bonitos en ese lugar. Espera. Sorpresa. Cuando se calma aparece la ilusión y esperanza por las puertas que me encontraré en mi camino y que abriré sin dudarlo, sin miedo.


¿Sabes? Decidí poner mi atención y pensar en todos los que estáis cerca de mí, del amor que siento por algunos que ahora me estáis leyendo y del amor que recibo de muchos de vosotros. ¡Qué suerte tengo de amar y ser amado! ¡De poder abrir puertas, cerrar otras y tener la ilusión de seguir abriendo puertas!


Ahora, a las 23:24 de la noche en Ciudad de México (tardísimo para mí), voy a terminar esta newsletter diciendo al Universo, diciéndome a mí mismo y diciéndote a ti “GRACIAS SER Y ESTAR EN MI CORAZÓN”.

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